Hablar de democracia es
concretar quién es el demos. Si entendemos por “demos” el conjunto de la población
que reside permanentemente en un territorio, entonces la democracia ateniense no era
tal, pues sólo una parte muy pequeña de la población participaba en las tareas de
gobierno. Esa pequeña parte eran los ciudadanos. Sin embargo, esto era lo que hacía
posible la propia democracia.
No es posible determinar con exactitud la población de Atenas en el periodo clásico,
pues los griegos no guardaban ningún tipo de censo y toda cifra es puramente
estimativa. Al parecer, durante el siglo IV a.C.., la población de Atenas estaba entre
250000 y 300,000 (lo cual era mucho para una ciudad griega de la época). De todos
estos, los miembros de familias de ciudadanos eran alrededor de 100.000, de los cuales
solo unos 30.000 eran varones adultos con derecho a participar en la asamblea. El resto
de la población estaba formado por las mujeres e hijos menores de los ciudadanos, los
esclavos y los metecos, extranjeros residentes que no tenían derechos de ciudadanía
(aunque sí algunas obligaciones como la de servir en la milicia y pagar ciertos
impuestos). También hay que descontar a los ciudadanos que perdían sus derechos (casi
siempre de forma temporal) habitualmente por impago de deudas con la ciudad.
La democracia vista por los atenienses.
La
democracia era generalmente aceptada en la época de Pericles, pero esto obedece a que
él era una figura excepcional. La época de Pericles, en el siglo V a.C. suele llamarse “la
edad de oro”. Fue nombrado estratego y re-elegido durante más de veinte años.
Contribuyó tanto a introducir reformas en le sistema como a dirigir (y ganar) las
primeras fases de las guerras contra Esparta. En opinión de muchos especialistas,
durante esa época, y a causa de su influencia en la asamblea, realmente era él quien
gobernaba en Atenas. Para Tucídides, la democracia ateniense en esa época era en
realidad el gobierno del primer ciudadano, Pericles. Con su muerte en 429 a.C.., a causa
de una epidemia de peste que mató a una cuarta parte de la población de Atenas, todo
empezó a ir mal.
Esparta
La filosofía política suele prestarle más atención a Atenas que a Esparta, pese a la admiración de algunos filósofos como Platón por esta última. Sin embargo, su sistema político merece atención como ejemplo de lo que se consideraba una forma de gobierno aristocrática. Su constitución se debe a Licurgo, una figura de la que poco se sabe (y de cuya propia existencia muchos dudan). Su organización social era peculiar. Los niños abandonaban el hogar a los siete años y convivían hasta los 18, entrenándose en juegos competitivos. A esa edad empezaban a recibir un entrenamiento militar que duraba cuatro años. A los 30 se convertían en ciudadanos que se consideraban iguales entre ellos. Las niñas también recibían educación, aunque no abandonaban su hogar, y la relación entre los dos sexos era considerablemente más libre y fluida que en Atenas pues tenían múltiples ocasiones de encuentro y actividades compartidas. El estado promovía la igualdad entre los ciudadanos procurando tierras y trabajadores. Claro que este sistema requería la existencia de un número muy elevado de esclavos (cuyas condiciones de vida eran mucho peores que las de los esclavos atenienses) y esto hacía que se necesitara un estado de tipo militar que mantuviera a raya a esa población numerosa, descontenta y pronta a la sublevación. La constitución espartana combinaba elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos. El elemento “monárquico” consistía en que tenían dos reyes simultáneamente, iguales en autoridad (defendían esta costumbre alegando que, caso de perecer uno en el combate, habría otro, lo que impediría una lucha por el poder). El elemento aristocrático estaba representado por un consejo de ancianos compuesto por 28 hombres mayores de 60 años, que tenían competencias judiciales y a los que se consultaban las propuestas que después iban a presentarse ante la asamblea. Esta asamblea (el elemento democrático) estaba formada por todos los ciudadanos (varones mayores de 30). Sin embargo, aunque en teoría la asamblea era la máxima autoridad, en la práctica se limitaban a ratificar las decisiones que habían tomado los reyes y el consejo. Carecían de isegoría; se limitaban a expresar su aprobación o desaprobación.
El modelo griego de democracia corresponde a lo que en la actualidad llamamos
democracia directa. El pueblo, que está formado por los ciudadanos, tiene la soberanía
y la ejerce de modo directo. Este modo de gobierno dependía de una forma de vida, la
de la polis, que desapareció al desaparecer esta. Aquella democracia requería, no sólo
que hubiera un número relativamente pequeño de ciudadanos, sino también un número
no pequeño de no ciudadanos (mujeres, esclavos, metecos) que soportaban en buena
medida la actividad económica. Si nos atenemos al sentido que los propios atenienses
daban al término, no ha vuelto a haber (casi nunca) democracia en el mundo. Pero las
palabras cambian de significado y se adaptan para designar realidades nuevas. Hoy, la
palabra designa un sistema de gobierno muy distinto al de Atenas. Aunque hay un
núcleo de significado que permanece: el que se refiere a la titularidad de la soberanía.
Cuando la cuestión es ¿quién tiene la titularidad de la soberanía? Una posible respuesta
es “el pueblo”, y a esta respuesta llamamos democracia.
Con esto a la vista, podemos preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí y cómo tiene
que ser una forma de gobierno para que podamos decir que es el pueblo el titular de la
soberanía. Para empezar a contestar estas preguntas, y sin abandonar el mundo antiguo,
podemos fijarnos en otro modelo.

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